domingo, 2 de diciembre de 2012
Próxima estación: La Fregeneda.
Ya nada es igual a como lo había conocido su bisabuela.
El paisaje abandonado, la pintura descascarillada, la vegetación enguyéndo los raíles, los maderos podridos... los recuerdos que había leído tantas veces en esa carta no se correspondía con lo que observaba.
Cierra los ojos intentando imaginar el verano de 1898.
España acababa de perder Cuba y Filipinas, las selecciones del 27 de Marzo habían quedado un poco en el olvido y los jóvenes se preparaban para los festejos de los pueblos colindantes.
Una joven de tan solo 17 años esperaba bajo la sombra de su sombrilla de ganchillo blanco. Su vestido también blanco resaltaba entre la multitud que se paraba a mirarla. No era de una belleza despampanante, pero si delicada. Toda en ella era delicada en ese entonces, pero con los años se había marchitado como una flor.
La llegada del tren resonaba en el ambiente, del túnel que comunicaba con la estación salía el humo de la locomotora, como si en esa oscuridad inmensa se hubiera prendido un fuego inexistente.
Ella se alzó sobre las puntas de sus pies excitada ¡Ya llega! Si no fuera una señorita correría hasta el limite del arcén, si no fuera una dama dejaría las formalidades y los prejuicios a un lado y se arrancaría el corset que limita sus respiración acelerada.
Cada vez la locomotora estaba más cerca. Centro de alguno de esos vagones estaba a quien espera con tanta impaciencia, pues esta era la última vez que podían verse sin mentiras ni escusas ya que sus padres le estaban buscando un prometido a la altura de su estatus social.
El tren paró ruidosamente. El gentío se abalanzó hacia los vagones buscando frenéticamente a sus familiares y amigos, pero ella se quedó atrás, no debía llamar demasiado la atención. Y entre la gente alborotada lo vio, su exótico rostro era inconfundible al igual que esa sonrisa que nunca se borraba, pasara lo que pasara. Nahuel era a quien esperaba con tanta impaciencia.
Bajó las escalerillas, poniendo los pies en el arcén con una gracia típica de los ángeles tras descender de los cielos. Se le acercó. Podría haberla abrazado, nadie se habría dado cuenta con todo el caos de idas y venias, pero tan solo posó sus labios en la pálida mano de ella sin desviar el contacto visual. Una formalidad muy común pero que tanto decía.
- Mi querida Isabel, su mera presencia me alegra el corazón, pero su padre...- lo dejó de escuchar. La magia como sucede en la pura realidad acaba pronto, destruyendo la ilusión pasajera.
Se había olvidado que su padre viajaba junto a Nahuel, pero le tranquilizó ver que ese hombre grande, posesivo y elocuente que era su progenitor se alegraba de que su propia hija lo hubiera ido a buscar a la estación, a pesar del recelo que le provocaba que no la hubiera acompañado su institutriz.
En el carruaje se sentía atrapada entre los cuerpos de los dos hombres. Miraba a Nahuel con un brillo de derrota, el tiempo se les acababa. Tendrían que recurrir a la oscuridad de la Fuente Romana del Pozo Abajo una vez más, al furtivismo y la mentira.
Pero daba igual que fuese amigo de su padre, daba igual poseyera un trabajo digno y una posición respetable, no era adecuado para ella por no ser plenamente del país y por sus venas corriera sangre portuguesa. Se casaría con otra y la olvidaría, tenía que asumirlo, pero iba a correr el riesgo y agotar cada instante. Estaba dispuesta a escapar junto a él, viajar al nuevo mundo y empezar de nuevo.
Nunca pensó que ese fuera su último encuentro camino al pueblo. Nunca supo del motivo de que desapareciera así sin dejar rastro.
Ahora tras haber pasado 114 años su bisnieta rememora ese ultimo recuerdo de él. Ahora entiende porque siempre dijeron que fue una mujer triste.
Exhalación
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