La carta resplandecía sobre la mesilla. Nunca pensó que
volvería a tener noticias de esa persona y estaba decidida a seguir sin
información. A pesar de no querer desgarrar la solapa y sacar corriendo el
papel donde todo estaría dicho, la curiosidad le atacaba.
Pero no, no debía hacerlo, sería remover demasiado el pasado
y todo aquello que no estaba dispuesta a recordar; sería como traicionarse a sí
misma y no estaba preparada para ello. Aun así, la carta tan blanca y brillante
como el sol seguía reposando sobre la madera caoba enganchada a la lamparita de
noche.
Una tarde, tras un mal día la aferro furiosa, “la voy a quemar”
se repetía, pero el mechero no llegó a moverse del cajón de la cocina. La agarraba
con rabia, no deseaba esa situación tan ilógica ¿cuánto hacia que no se sentía así?
Sonrió al recordar que hacia pasado tanto tiempo, tanto que había dejado su
adolescencia tras al igual de sus actos irracionales de aquella época.
Lo había amado y odiado tanto que no le permitía esa
intrusión en su vida vacía de él. Habían hecho un trato y él lo había roto tras
tanto tiempo ¿para qué? ¿Para verificar que era ella con la que tropezó aquella
tarde o para saber el por qué de que le sonriera? Había sido un acto reflejo,
no significaba nada, y aun así el perfecto sobre marcado por su escritura
irregular y varonil estaba en sus manos. Habían pasado los años, ya estas cosas
no deberían afectarle, había conocido a otros que también se habían ido y otros
que se quedaron y ella abandonó, pero él era él.
Dejó apartados sus principios, sus restricciones y lecciones,
su mundo de ahora y del futuro, alejándolos lo más lejos posible. Cogió un boli,
lo introdujo en la solapa y la abrió. Vaciló a la hora de sacar su contenido,
pero ya estaba allí ante sus ojos.
Una invitación de boda, una despidida y un último beso cayeron
al suelo. Era libre, ya nada los unía, podía seguir adelante.
Exhalación
Exhalación
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