Abre el
armario de par en par, no sabe que ponerse. Está nerviosa pues es un día
demasiado especial para dejar cabos sueltos. Observa su ropa colgada, toda
demasiado sombría para una fecha tan señalada.
Prenda tras prenda, una montaña de telas descansa sobre la cama mientras un solo vestido sigue en su
percha en un armario ya vacío.
Lo coge, colocándoselo sobre el
cuerpo desnudo y se mira. Tiene un cuerpo bonito, sinuoso y pálido que siempre
quiere ocultar, pero sabe que con él es imposible. Acaricia el tejido, preguntándose
cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que se lo puso y si pasados los
años seguirá quedándole igual.
Lo pone
en una silla mientras vuelve a organizar el caos que reina sobre su cama. Lo
mira de reojo, pues todo lo vivido con él está entretejido entre sus fibras.
Corre hacia el baño, el tiempo se agota y llegará tarde si
no se da prisa.
Se seca el pelo, para luego recogérselo en una trenza espigada larga y perfecta. Perfila sus grandes ojos negros, los labios los marca de rojo y las mejillas las colorea rosadas. Observa su reflejo, hacia mucho que no se veía así, como un ser místico sacado de sus cuentos de la infancia. El esfuerzo ha valido la pena.
El teléfono suena, una voz masculina le espeta que ni se le ocurra llegar tarde.
Corre a terminar de vestirse. Desliza las piernas en las medias, aunque odie llevarlas puestas, el frío del exterior no le deja otra opción. Coge el vestido, el cual se acopla a su cuerpo como el primer día. Los zapatos, los pendientes, el collar y lista para bajar al piso de abajo. Corre las puertas de armario del pasillo, cogiendo su antiguo abrigo con capucha de su adolescencia.
Se seca el pelo, para luego recogérselo en una trenza espigada larga y perfecta. Perfila sus grandes ojos negros, los labios los marca de rojo y las mejillas las colorea rosadas. Observa su reflejo, hacia mucho que no se veía así, como un ser místico sacado de sus cuentos de la infancia. El esfuerzo ha valido la pena.
El teléfono suena, una voz masculina le espeta que ni se le ocurra llegar tarde.
Corre a terminar de vestirse. Desliza las piernas en las medias, aunque odie llevarlas puestas, el frío del exterior no le deja otra opción. Coge el vestido, el cual se acopla a su cuerpo como el primer día. Los zapatos, los pendientes, el collar y lista para bajar al piso de abajo. Corre las puertas de armario del pasillo, cogiendo su antiguo abrigo con capucha de su adolescencia.
- Hola abuelita, feliz cumpleaños.
- Tan bella como en mis sueños.- saluda la anciana a su nieta acariciándole la cara.
Se miran fijamente. Ella intenta ocultar a su querida abuela
una tristeza, que fuera de su presencia soporta demasiado bien. Pero las dos
saben que la pregunta debe ser formulada.
- ¿Dónde está el lobo?
- Deseó comerse a otra y se marchó.
Exhalación
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