viernes, 20 de julio de 2012

Corazón que no late, muere.

Has muerto.
Has muerto y te has ido.

 No he podido retenerte a mi lado a pesar de que mi aliento fuese tu aliento en esos últimos segundos que estuvimos juntos, a pesar de que mi corazón latiera por los dos te has marchado y para siempre.

 Tu cuerpo frío e inerte permanece sereno junto al mío, simulando algo irreal. Me engaño, cierro los ojos e imagino que respiras y tu cálida piel vuelve a arder junto a la mía. Consigo escucha tu corazón ausente, me esfuerzo en sentirlo bajo mi mano. Parpadeo pero no hay lágrimas para derramar, el tiempo se ha detenido, tu ausencia hiere, desgarra lentamente aumentando la agonía, sangrándome las heridas.

 Intento retener todo lo que me queda de ti con uñas y dientes, te aferro con más y más fuerza, temo que vengan a buscarte y te lleven.

 La gente pasa a mi alrededor y en su mirada lo veo, creen que estoy loca.
Se preguntan cómo puedo estar de esta manera abrazada a un cuerpo que expiró su último aliento. Los escucho murmurar incesablemente, me miran descaradamente, algunos con cara de curiosidad, otros de asco y la gran mayoría con pena. Pensarán: “pobre chica no puede asumir que ya no volverá con ella”, pero me da igual, todo ya me da igual salvo tú.

 Estoy cansada.

 Cierro los ojos y el silencio se apodera de mi. La nada lo inunda todo, sumergiéndome en una profunda paz donde los sentimiento ya no me atacan. Cada parte de mi organismo echa raíces sobre el tuyo, los ladrones están cerca y desean mi tesoro más valioso.

 El tiempo pasa, intento despertar, lucho para nadar a la superficie de mi conciencia y cuando consigo mover mis párpados ya no estás.

Exhalación

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