Hacia tiempo que todo la oprimía, que su vida se había reducido a una monótona rutina. No era feliz, de eso estaba segura. Había dejado todo lo que le apasionaba creyendo que eran distracciones inútiles que no le llevarían a nada. Dejó en el recuerdo la emoción de su violín, la música no la llevaría a ningún sitio no da de comer, decían constantemente sus padres.
Se sintió atascada en el pasado, en su pueblo en su gente y los últimos momentos todos juntos. Le había escrito una carta a él, ese él que nunca había olvidado y que seguro él la tenía muy lejos de su recuerdo. La volvió a mirar de lo absurdo de todo, dudando en si al final la mandaría ya llevaba dos semanas en el bolsillo de la chaqueta y no la había conseguido terminar.
La leyó por última vez:
Querido tú del pasado, esta es la introducción de mi caos
mental que tanto tú conocías. Me siento muy ligada a los recuerdos, a los
recuerdos que tengo contigo y los demás.
No sé cuánto ha pasado, pero siento haber tardado en
hablarte. Me resulta duro todo desde que cada uno tomamos nuestros caminos.
Puedo decir que he sido feliz todos los días que pasamos juntos, encerrados en
esa casa armados hasta las trancas de alcohol que nunca bebí y risas que tanto reí,
de fotografías confusas y música que ya no consigo escuchar.
Te preguntarás, qué ha sucedido que me mueva a escribirte y
te lo diré, sabes que te lo diré a pesar de todo.
Hace un mes cuando volvía a casa, hubo un momento en que me paré en medio de la calle y lo recordé. Todo desapareció a mí alrededor y escuché tu risa enlazada con la mía y la de los demás. Sus voces gritando “una más”, sus cuerpos danzando alrededor del mío. Empecé a bailar como ida, era consciente de que todo el mundo me estaría mirando pero me sentía como antes, tan libre, tan poco adulta. Cuando abrí por fin los ojos eché a correr, no quería dejar pasar esa sensación tan maravillosa, pero en un parpadeo se esfumó. Intenté retenerlo todo el tiempo posible, desempolvé el violín e intenté tocar lo que hacía tiempo que no tocaba, pero llevaba demasiado mudo, la vida le había abandonado y a mí el frenesí del momento.
Hace un mes cuando volvía a casa, hubo un momento en que me paré en medio de la calle y lo recordé. Todo desapareció a mí alrededor y escuché tu risa enlazada con la mía y la de los demás. Sus voces gritando “una más”, sus cuerpos danzando alrededor del mío. Empecé a bailar como ida, era consciente de que todo el mundo me estaría mirando pero me sentía como antes, tan libre, tan poco adulta. Cuando abrí por fin los ojos eché a correr, no quería dejar pasar esa sensación tan maravillosa, pero en un parpadeo se esfumó. Intenté retenerlo todo el tiempo posible, desempolvé el violín e intenté tocar lo que hacía tiempo que no tocaba, pero llevaba demasiado mudo, la vida le había abandonado y a mí el frenesí del momento.
Me arrepiento de decir no, me odio por no dejarme entregar a
los instintos primitivos. Yo quería pero sentía que no debía, que tenía que
seguir la perfección y llegar a lo más alto, pero la caída ha sido brutal y el
dolor va más y más. Pero no puedo volver…
No, no podía volver ni permitir que el leyera sus palabras inacabadas.
Corrió al puerto buscando una botella, metió el papel maltratado, lo tapó y lo miró al mar. Las aguas abrazaron el vidrio, rodeándolo con sus átomos, llevándose no solo un papel sino una vida entera que deja un cuerpo vacío en tierra.
Exhalacion
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