Todos los años sucede lo mismo en estas fechas: tengo que volver a la realidad, si si a la realidad porque lo que vivo allí, en mi pueblo es como un sueño demasiado efímero. Un momento de la vida, paralela a la que tengo en la ciudad, tan contraria a todo lo demás. Llena de aventuras, de felicidad y amigos que te afixián con sus abrazos.
No ha habido lágrimas por lo menos de momento no y espero que no las haya, pero es imposible frenar la soledad que me oprime desde que pase por cementerio con el coche y ver como empequeñecen los edificios y la gente que he dejado atrás Esas personas que tanto quiero y solo hay una oportunidad al año para poder vernos y estar juntos.
Han sucedido tantas cosas más buenas que malas, pero no hay que olvidar lo que entre risas y diversión también hubo llantos e inestabilidad emocional en muchos sentidos. Instantes inolvidables, secretos inquebrantables y fotografías que no deberían nunca salir a la luz.
Qué tristeza más grande, ¿qué harán ahora sin mi? Seguir con sus vidas como yo tendré que hacer con la mía pero es difícil volver al ritmo, la monotonía y pensar que cada uno vive en una punta del país y la posibilidad de encuentro es prácticamente nulo. Cuesta tanto volver a recomponerse, a dejar atrás esos 15 días aparcados a un lado para seguir con lo que había antes de ir.
Querido pueblo y su gente, adiós, espero veros pronto. Aunque no sea posible muchas veces soñar es gratis.
Exhalación
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